Beatriz Ezban permanece
fiel a un criterio exigente y comprometido con su ser artista,
imprimiendo en sus obras una nueva orientación vitalista:
Una propuesta impregnada de la vivencia existencial de la artista
y embebida de la percepción de un compromiso no sometido
al mercado del arte o las instituciones del poder.
Es el mismo preguntar pictórico el que
aflora en la superficie de su pintura, alcanzando al propio espectador.
Sus pinturas no son respuestas. Son piezas de un todo cuestionador
que indaga en los límites del ser y del existir. Es una
obra realizada desde su propia experiencia vital, y que se comunica
contagiando al que la contempla. Sus piezas de grandes dimensiones
atrapan la visión en clave vibratoria como si el ente,
la persona que las observa, se envolviera energéticamente
con la imagen.
Beatriz se embarca en una cruzada interior por
develar la estructura del pensamiento. La misma pintura se une
a su búsqueda centrándose en su dinamismo artístico
ávido por absorber los cambios que en su entorno vital
se estan produciendo. Indaga estrategias contemporáneas
y cuestiona las razones de la producción artística
aferrándose a la capacidad de la pintura por movilizar
la percepción del espectador, utilizándola como
una forma de conocimiento.
Esta inclinación impulsa a Beatriz a contemplar
la pintura, según ella afirma, como “una cosa
mental” que es precisamente, el espacio donde se sitúa
su esencia, definida como “cualidad presente en una
cosa o persona que ofrece una satisfacción profunda a la
mente”. Este ensamble del pensamiento y lo visible
-lo invisible de la realidad- estructura su intencionalidad pictórica,
donde la forma y el contenido se funden.
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